Salir de casa no siempre es una decisión. A veces es la única opción.
Bellanid es colombiana, madre de tres hijos —uno de ellos con discapacidad— y sobreviviente del conflicto armado. Su historia no comienza con el desplazamiento, sino mucho antes, en una infancia atravesada por la ausencia y la responsabilidad prematura. “Empecé a trabajar a los 13 años porque mi papá nos abandonó. Tenía que ayudar a mi mamá y a mis hermanos”, recuerda.
El camino hacia la calma comenzó en Ecuador, aunque no fue sencillo. Como muchas personas en situación de movilidad humana, enfrentó el desarraigo, la incertidumbre y la soledad. “Al principio fue difícil, porque no conoces a nadie”. Sin familiares cercanos, con tres hijos a cargo y uno de ellos requiriendo cuidados especiales, cada día representaba un desafío logístico, emocional y económico. Lo cual es común en un contexto como este por los múltiples riesgos de protección a los que se enfrentaron, incluyendo barreras de acceso a servicios, sobrecarga de cuidados y limitadas redes de apoyo. Sin embargo, en medio de la adversidad, encontró algo fundamental: tranquilidad.
“Encontré la paz para poder criar seguros a mis hijos”. Esa paz no eliminó las dificultades, pero sí le permitió reconstruir su vida desde una base distinta: la protección. Mujer creyente, encuentra en su fe una fuente constante de fortaleza, pero su mayor motor sigue siendo sus hijos. “Yo tengo que salir adelante por ellos, así no tenga fuerza. No me puedo vencer… el hambre no espera”.
Su rutina es reflejo de esfuerzo y dignidad. Cada día comienza temprano, pensando primero en sus hijos. Se levanta, organiza la casa, prepara los alimentos y, cuando puede, los acompaña caminando a la escuela. Luego regresa para continuar con los oficios del hogar y brindar cuidados a su hija con discapacidad, quien requiere mayor dedicación. Como ocurre en muchos hogares, gran parte de la organización y el sostenimiento cotidiano recae sobre ella.
Por la tarde inicia una segunda labor: la de generar ingresos. Compra los insumos, organiza lo necesario y sale a vender pinchos desde las tres de la tarde hasta la noche. Es un trabajo exigente, muchas veces en condiciones difíciles, pero es la manera en que garantiza lo esencial: alimentación, educación y estabilidad para su familia.
Durante mucho tiempo, enfrentó esta realidad en soledad, hasta que encontró un espacio distinto a través del programa de protección de Humanity & Inclusion. “Participar en estos espacios de H&I ha significado mucho. Sobre todo, la compañía… que me escuchen. Es algo nuevo para mí, nunca me había acercado a ninguna organización”. En contextos de movilidad humana, donde la exclusión y la invisibilidad son frecuentes, ser escuchada se convierte en un acto profundamente transformador. El enfoque de protección no solo responde a necesidades inmediatas, sino que fortalece la dignidad, el bienestar emocional y las redes de apoyo.
En su caso, el acompañamiento se realizó mediante la Gestión Inclusiva de Casos, priorizando a la familia monoparental y el rol de cuidadora de una niña con discapacidad en un contexto de alta vulnerabilidad. Es decir, que en este acompañamiento personalizado para personas en riesgo, se abordaron barreras de información, actitudinales y económicas, brindando acompañamiento continuo para activar rutas de atención local, acceder a documentación y fortalecer su toma de decisiones informadas. Estas acciones se desarrollaron en el marco del proyecto “Acción Humanitaria Inclusiva y Protección para Personas con Discapacidad en Sucumbíos – Ecuador”.
Como complemento a las acciones de la gestión inclusiva, Bellanid recibió un apoyo económico en el marco del proyecto que facilitó tomar decisiones para la protección de su grupo familiar a partir de la autonomía y fortalecer los necesarios ingresos económicos del mismo, haciendo realidad la idea de negocio que ella había generado con su desplazamiento centrada en una de las cosas que mejor saber hacer: cocinar.
Ese acompañamiento también se tradujo en alternativas concretas para avanzar. Como parte del fortalecimiento de medios de vida, “Me ayudaron mucho, y ahora ya cuento con un carrito para mi emprendimiento de comida rápida y eso cambió mucho”.
Este apoyo representa más que una herramienta de trabajo: le permite organizar mejor su tiempo, permanecer cerca de sus hijos y atender su propia salud. “Puedo estar más tiempo con mis hijos y me da la libertad de hacer mis exámenes de salud. Este emprendimiento realmente me ayuda a salir adelante”. El acceso a medios de vida dignos es clave para reducir riesgos de protección y mecanismos de afrontamiento negativo, especialmente en hogares liderados por mujeres y cuidadoras de personas con discapacidad. En su caso, significa autonomía, estabilidad y una posibilidad real de futuro, al tiempo que contribuye a mitigar riesgos de protección asociados a la inseguridad económica y la sobrecarga de cuidados.
Hoy, su mirada está puesta en seguir avanzando. No contempla regresar a Colombia. “Aquí en Ecuador me he amañado y he podido salir adelante”. Su sueño es tener una casa propia, un espacio seguro y estable para su familia. Sabe que no es fácil. “Se me hace difícil porque estoy sola… y no tengo quién me ayude a cuidar”. Aun así, no se detiene. Su historia es la de una mujer que, a pesar del miedo, eligió proteger; que, a pesar de la incertidumbre, decidió avanzar; y que, con el acompañamiento adecuado, está transformando su realidad. Porque cuando existen oportunidades, el esfuerzo encuentra camino. Y porque, como ella misma lo dice con la claridad de quien ha vivido lo esencial:
“El hambre no espera… pero tampoco las ganas de salir adelante.”

