Implementado por el Centro de Gestión de Riesgo de Pinar del Río, con el apoyo del consorcio internacional Humanity & Inclusión en Cuba-CARE en Cuba, el proyecto Comunidades en Acción - financiado por la Dirección General de Operaciones de Ayuda Humanitaria Europea (ECHO) -contribuye a la construcción de un SAT Comunitario más inclusivo.
Por Lisandra Chaveco Valdés, Consultora Comunicación HI Cuba
Hay aprendizajes que trascienden las aulas. Son saberes que transforman la mirada sobre las personas, reconfiguran las relaciones cotidianas y modifican la manera en que las comunidades enfrentan las adversidades. Para Yarelis Morau Valdés, esos aprendizajes llegaron a su hogar y a sus comunidad a través del proyecto Comunidades en Acción.
Como presidenta de la Asociación Cubana de Personas en Situación de Discapacidad Intelectual (ACPDI) en Bahía Honda y cuidadora principal de su hija, una adolescente con discapacidad, conoce de cerca los desafíos que enfrentan las familias cuando llega una emergencia. Su experiencia le permite identificar que sucede durante la emergencia. Sabe que una ruta de evacuación inaccesible, un albergue sin condiciones adecuadas o un recurso mal ubicado, se convierten en una barrera adicional de exclusión para quienes necesitan más apoyos.
Antes de la llegada de Comunidades en Acción -iniciativa implementada con el financiamiento de la Dirección General de Operaciones de Ayuda Humanitaria Europea (ECHO)- estas inquietudes formaban parte del día a día de muchas familias, pero no siempre encontraban un espacio donde estos desafíos se transforman en decisiones colectivas.
La preparación frente a los desastres se asociaba fundamentalmente con responder cuando ocurría una emergencia, cuando el ciclón o la inundación ya eran inminentes. De igual forma, las personas con discapacidad eran reconocidas desde un rol de “beneficiarias pasivas” ignorando su potencial real para proponer soluciones. En paralelo, las personas cuidadoras acumulaban una enorme experiencia en la detección temprana de riesgos y necesidades que quedaban al margen de los espacios de planificación de la Defensa Civil.
Fue a través del proyecto que comenzaron a abrirse nuevas posibilidades. Mediante los talleres de capacitación sobre gestión inclusiva de múltiples riesgos, enfoque de derechos humanos, género y masculinidades positivas; los actores del territorio comenzaron a articularse de un modo diferente. Instituciones locales, familias, y OPD se sentaron, por primera vez, para trabajar de manera horizontal.
Para Yarelis, estas capacitaciones significaron mucho más que adquirir nuevos conocimientos. Fueron una invitación a mirar la preparación ante desastres de otra manera, desde la cual la preparación dejó de ser responsabilidad exclusiva de las instituciones encargadas de la respuesta y comenzó a entenderse como una responsabilidad compartida. Instituciones, organizaciones de personas con discapacidad, familias, las comunidades y diversos actores comenzaron a reconocerse como parte de una misma red de protección.
En Bahía Honda ese cambio se tradujo en acciones concretas: Se fortaleció el SAT Comunitario articulado a la Defensa Civil, adaptando los mensajes y canales informativos para que la alerta resulte accesible y comprensible para todas las personas. Del mismo modo, se actualizaron los protocolos de evacuación y rescate con ajustes razonables, mapeando anticipadamente los requerimientos específicos de personas con discapacidad, pacientes crónicos, mujeres embarazadas, niñas, niños y personas cuidadoras ante eventos hidrometeorológicos extremos.
Para ella, incluir a las personas con discapacidad desde el momento de la planificación tiene una consecuencia fundamental: permiten identificar y romper barreras que pasan desapercibidas para quienes no viven esas realidades.
Con el apoyo del proyecto, la inclusión comenzó a hacerse más visible también en acciones aparentemente sencillas, pero con un enorme impacto en la cotidianidad del barrio: la instalación de un punto de agua segura.
En un escenario socioeconómico complejo, agravado por contingencias energéticas, garantizar agua potable no es un asunto menor; suele significar horas adicionales de acarreo y disponibilidad de combustible para hervirla; una sobrecarga de trabajo doméstico que recae de manera desproporcionada sobre las mujeres cuidadoras. El nuevo punto de abasto de agua redujo drásticamente esa pobreza de tiempo y el desgaste físico familiar.
Durante un intercambio en la comunidad, una vecina resumió con espontaneidad el impacto del punto de agua: es “lo mejor que han inventado”. Detrás de esa frase había un cambio. Yarelis lo constató al escuchar el testimonio de una familia que trasladaba agua tratada desde este punto de Bahía Honda hasta La Habana y así asegurar el consumo de su hija con requerimientos de salud. El recurso dejó de ser una infraestructura técnica para convertirse en una herramienta de cuidado colectivo.
Esa aproiación comunitaria es la huella irreversible del proyecto. La resiliencia no se establece mediante discursos verticales; se consolida cuando las personas comprenden la utilidad de cada medida, intervienen en su diseño y participan en la resolución de sus necesidades más urgentes. En Bahía Honda, las personas con discapacidad no fueron espectadoras: recorrieron sus comunidades, identificaron barreras, validaron alertas y contribuyeron a la construcción de un SAT Comunitario más inclusivo.
Por su parte, las mujeres también han ganado protagonismo de la mano del proyecto. La formación en género y masculinidades positivas permitió incorporar el debate sobre quién asume las tareas de protección en una contingencia, cómo se distribuyen las tareas de cuidados en el hogar durante el desastre y por qué las mujeres no deben quedar fuera de los espacios de toma de decisiones ante el desastre. Reconocer a las personas cuidadoras como sujetas de derechos y expertas comunitarias del riesgo supuso dignificar una labor históricamente invisibilizada desde la resiliencia.
esto es particularmente importante porque muchas mujeres cuidadoras enfrentan diariamente una doble responsabilidad: proteger a sus familias y sostener los cuidados. Por eso, fortalecer su liderazgo significa también reconocerlas como sujetas de derechos y como actoras fundamentales de la resiliencia comunitaria.
Yarelis reconoce que todavía quedan desafíos. Los aprendizajes necesitan continuar replicándose y llegar a más familias, instituciones y comunidades.
Sin embargo, considera que el proyecto dejó algo que trasciende sus actividades concretas: Devolvió la confianza a la ciudadanía en sus propias capacidades colectivas y demostró que, cuando la gestión de riesgo incorpora la voz, la experiencia y los saberes de las personas con discapacidad y de quienes cuidan; la protección de la vida deja de ser un privilegio de unos pocos y se convierte en un derecho compartido.